¡Cuidado! Las emociones son contagiosas.

Las emociones son contagiosas. Todos hemos tenido la oportunidad de comprobarlo, aunque no siempre hemos sido conscientes.
Cada ambiente en el que vivimos tiene un toque emocional característico y es uno de los motivos por los que buscamos algunos de ellos y evitamos otros.

El buen ambiente en el trabajo o en el colegio, te invita a asistir con ilusión. El mal ambiente genera conductas evasivas, sino procesos de rechazo que a veces terminan en síntomas patológicos. Podríamos añadir la pareja, la familia, amigos, el club social…
Asistir a una fiesta, o a un concierto musical … ¿qué sentido tiene si podemos escuchar tranquilamente en casa la música en nuestro equipo musical? No tendríamos que soportar colas, aglomeraciones, empujones, temperaturas… Sí, pero no disfrutamos igual. Pareciera que necesitamos de la sensación de compartir la experiencia emocional, porque se acentúa en nosotros, en presencia de los demás.
Asistir a un evento deportivo … y si no vamos ¿dónde se queda la emoción compartida por el juego de nuestro equipo?
Disfrutar en familia del día Navidad cuando los más peques de la casa se levantan ilusionados a comprobar que trajo Papá Noel. ¿Acaso a los mayores no nos hace tanta ilusión como a ellos estar presentes y ver sus reacciones? Podríamos seguir con distintos ejemplos.

¿Cómo empieza el contagio?
Me gusta imaginar una piscina olímpica, llena de agua, preparada para la competición y sobre la superficie, tantas pelotas de tenis como quepan, para cubrir toda la superficie. Si le diéramos un golpe a la pelota de tenis que está en la esquina, sumergiéndola, provocaríamos una ola que iría moviendo a las pelotas de tenis más próximas a la primera y así sucesivamente. La ola iría perdiendo intensidad según fuera avanzando por la energía absorbida por las pelotas de tenis contiguas, hasta que probablemente no fuéramos capaces de apreciar movimiento alguno en la pelota de tenis de la esquina opuesta.

Para que todas las pelotas fueran contagiadas, habría que ir generando olas golpes continuos y provocar algunos más añadidos, aquí y allí. Todo el agua estaría agitada. Todas las pelotas de tenis se moverían, al compás.
Cuando empatizamos, nuestras neuronas espejo recogen la información conductual cargada de intención que realiza nuestro entorno. Si la conducta está cargada de emoción, entonces nos emocionamos, en la misma emoción que nos envían, sólo hace falta entrar en frecuencia. Algunas personas tienen más facilidad que otras, tanto para provocar la empatía, como para empatizar.
Todo ello es básico para las relaciones sociales humanas. Fundamental, en el sentido estricto del término. Es la característica subconsciente que nos “funde” en una única humanidad.

Hay personas que prefieren evitar el contagio y se aíslan, congelando el agua que les rodea, así evitan las sacudidas; el vértigo de la cresta de la ola, el pánico del valle de la ola. Lo justifican con razonadas conclusiones. ¿Merece la pena vivir congelado?
Es verdad que podríamos evitar desencuentros y sufrimientos, pero ¿qué perderíamos?.

 

Francisco Yuste Pausa.
Dr. Neurociencia.
Coach Senior.