¿Tenemos control sobre el miedo?

El miedo es posiblemente la emoción más acusada de cuantas sentimos. Algunos autores como Jospeh Le Doux o Antonio Damasio, la dan una importancia fundamental, casi la consideran única, siendo las demás derivaciones de intensidad de esta o su ausencia. Personalmente estoy más de acuerdo con Leslie Greenberg o Paul Ekman, quienes proponen seis emociones básicas (miedo, alegría, tristeza, asco, sorpresa y enfado), con las que se construyen las demás, como defiende Robert Plutchik.
Sin embargo, sí estoy de acuerdo en que el miedo es clave para la supervivencia del ser humano. Desde un punto de vista coloquial, definimos el miedo como una sensación de angustia por un peligro real o imaginario. O como un sentimiento de desconfianza que impulsa a creer que ocurrirá un hecho contrario a lo que se desea, un sentimiento de inquietud en presencia o ante la idea de un peligro.

En neurociencia se estudia su efecto desde las amígdalas. Las cito en plural porque son dos, una situada a cada lado del cerebro, más o menos detrás del inicio del pabellón auricular de las orejas, dentro de los lóbulos temporales y como finalización de la cola de núcleo caudado.
En ensayos clínicos se ha constatado que la ablación de las amígdalas tiene un efecto inmediato en el sistema límbico (emocional) especialmente en la emoción del miedo, que desaparece, pudiendo los sujetos verse sometidos a evidentes estímulos amenazantes sin que aparentemente presenten respuesta, como lo hacían antes de la ablación.
Como en toda emoción, no tenemos el control sobre el miedo, pero sí podemos incidir en la forma de interpretarlo ajustando la respuesta y acercarnos a conductas más adecuadas ante la exposición del estímulo amenazante.
Resulta muy esperanzador abrir un camino de educación emocional que nos permita canalizar más adecuadamente las respuestas ante amenazas, adecuando las conductas al contexto. En este sentido el hipocampo juega un papel clave al guardar en forma de memoria respuestas previas que hemos ido almacenando y con el hábito se hacen subconscientes, respuestas al estímulo que nos llevan a acciones que no deseamos y nos hacen infelices.
Una reeducación en la interpretación puede alterar la respuesta, ofreciéndonos la posibilidad de conductas adecuadas al contexto. Se abre una ventana de posibilidades que evitaría a las personas con fobias -por ejemplo- tener la vida condicionada que llevan. El miedo no desaparecería completamente pero su intensidad bajaría a un nivel de prevención, de alerta saludable y no de huida o agresividad. Nos permitiría disfrutar de experiencias, antes eludidas, ahora aprovechadas.

Francisco Yuste Pausa.

Dr. Neurociencia. 

Coach Senior.